El teclado temblaba bajo sus dedos, supuraba lamentos de cristal que se rompían antes de nacer.
El tiempo pasaba sin rendir cuentas y ella permanecía como al principio: una hora, otra, otra... y no se movía, no avanzaba.
Podría haber jurado que estaba muerta si no fuera porque ese incesante dolor de espalda se encargaba de recordarle lo bello que es vivir.
Nada. Ni una palabra. Se había secado en cien y había dejado al texto congelado en una mueca de súplica: continúa o mátame de una vez, pero termina con esta agonía, parecía decir.
Su diccionario Oxford se quedó mirándola, o quizá fuera al revés, ya no importa.
-¿Qué pasa? Tú eres el menos indicado para dar lecciones, al fin y al cabo, sólo trabajas si yo te ayudo, el resto del tiempo lo pasas ahí parado, viendo la vida pasar.
Tendría que haber elegido el Cambridge, seguro que él no me haría reproches a cada momento como haces tú.
De repente, se dio cuenta de que el libro de Poe también la observaba con una mirada oscura y sibilina, al igual que el London Eye que decoraba su pared: un gran ojo clavado en su frente atizando su falta de ideas.
Y la habitación comenzó a dar vueltas alrededor de su cabeza mientras trataba de sostenerse a la silla con sus manos dormidas.
Podría haber jurado que estaba muerta si no fuera porque las voces tenues de Mercury & Martin le hacían respirar.
10 de Enero de 2010